Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

El cayuco de la humanidad va a la deriva

Embarcación encontrada en el estado de Pará, en la Amazonía brasileña, con aspecto de cayuco mauritano y con nueve cadáveres dentro.

0

El drama de la migración está plagado de infinidad de historias que nunca conoceremos. Morirán con las mismas personas que iniciaron el largo viaje hacia una orilla a la que nunca llegaron. En ese camino sin retorno, los rostros anónimos se confunden, pero cada uno tiene su propia historia, única, alimentada por la incertidumbre, el dolor y la desgracia personal. La solución es huir. De la esperanza al sufrimiento apenas hay un respiro. A final, si no lo consiguen, si no llegan a la tan ansiada otra orilla, serán un número que engrose una nefasta estadística de carácter luctuoso. Nadie sabrá quiénes fueron. Nadie los conocerá. Nadie preguntará por ellos. 

La reciente noticia de que unos pescadores brasileños encontraron en las costas del Estado de Pará (Brasil) un cayuco a la deriva, con nueve migrantes africanos muertos en su interior, demuestra hasta dónde puede llegar el nivel de tormento de la población de ese continente, que huye por muchos de los factores ya conocidos por todos debido a que lastran y condicionan sus vidas. No existen palabras para describir las situaciones extremas a las que se ven sometidos. Por mucho que lo intentemos, nunca lo conseguiremos. Resumir en unas líneas en qué consiste su supervivencia diaria es lo mismo que plantar árboles en un desierto. 

Me pregunto cómo describir lo que les ocurrió a esas personas, una a una. Cómo plasmar que tienes miedo ante lo inevitable. Cómo expresar la sensación de que, poco a poco, te vas muriendo, consumido por la insolación, la humedad, la carencia de alimentos y agua potable, sintiendo que los órganos de tu cuerpo se paralizan lentamente. Cómo detallar los gritos por esa desesperación. Cómo exponer los lamentos de quienes se van callando, consumidos por su propio desgaste, aplastados por las interminables horas de luz solar. Cómo hablar de los recuerdos de la aldea donde creciste, las canciones cuando cocinabas, las huellas de los animales sobre la tierra, las sonrisas en medio de la pobreza. Cómo reflejar que quieres volver a casa, que te arrepientes, que lloras, que balbuceas el nombre de tu madre, padre, esposa o de alguien al que jamás volverás a ver, mecido por las olas antes de que te quedes dormido para siempre. Cómo asimilar que el cayuco, que presumiblemente te llevaría hacia la libertad, se ha convertido en tu ataúd de madera, al aire libre y a merced del salitre. Cómo describir el olor a muerte, que emana de los cuerpos de los otros y del tuyo, porque aunque estés vivo, ya reconoces esa fetidez como propia antes de que se te pare el corazón. Cómo retratar la mirada del último superviviente, que ha visto fallecer al resto de su grupo, y que no puede llorar porque está tan consumido y rígido que, finalmente, se deja llevar, se rinde, cierra los ojos.    

Sus historias las escriben otros en silencio, blancos como yo que nunca se han subido a una patera o un cayuco, pero que se ponen en su piel, creyendo así que, a través de unas cuantas frases, podrán reflejar ese terrible sufrimiento que supone dejar su hogar y abrazar la nada. Pero nunca será lo mismo porque nosotros hemos nacido en esa otra orilla donde la opulencia, el consumismo, la indiferencia, la codicia, la violencia, la individualidad, el materialismo, la xenofobia, el racismo, la autodestrucción y la falta de humanidad se han instalado férreamente hasta echar raíces profundas. Por eso, las muertes de dichas personas son solo eso, muertes. Todos tenemos que morir algún día. Nos afligimos, nos mostramos compungidos, pero forma parte de nuestra hipocresía. Realmente, muchos piensan que son nueve negros menos que dar de comer, nueve problemas menos en nuestro primer mundo, nueve caras menos a las que repudiar. Otros creemos totalmente lo contrario.

De esas historias, tampoco se habla en voz alta. De nuevo, molestan según a qué personas, ideologías y contextos. A veces, se resalta lo macabro de su contenido en la mayoría de los medios de comunicación, el matiz necesario para llamar la atención y generar un sentimiento de pena que, en realidad, no sirve para nada. Rápidamente, caen en el olvido. Mañana, pasado, dentro de un mes, un año, un siglo, esos mismos relatos darán paso a otros, una cadena incesante con nuevos protagonistas e idénticos argumentos. El océano y la tierra, todos son sus enemigos, jueces y verdugos que imponen su respectiva ley. 

Cuántos migrantes habrán muerto en estas décadas pasadas en el océano Atlántico sin que nadie lo sepa porque no se encontró una embarcación como esa, a la deriva, convertida en la prueba tangible de quienes se aventuraron hacia lo imposible. Se fueron de su país de origen porque escucharon que otros lo consiguieron, porque no tenían presente ni futuro, porque el peligro formaba parte de su desdicha. Europa se presentaba como la quimera del oro. Pusieron rumbo hacia una muerte segura, disfrazada de esperanza, y también acabaron perdidos en el océano.  

En nuestra memoria aún está presente la fotografía del niño sirio Aylan Kurdi, realizada por  Nilufer Demir. En 2015 murió ahogado en una playa de Bodrum (sur de Turquía), en el cosmopolita  mar Mediterráneo, junto a su madre y su hermano, en su intento por llegar a Grecia. Pusimos el grito en el cielo al ver aquella imagen de un cuerpo tan pequeño, frágil e inerte en una orilla, aplastado contra la arena. Fue otra muestra de la inhumanidad que rodea al proceso migratorio y que afecta hasta los más pequeños. Durante unos días, cargamos con su miseria en nuestros pensamientos para encubrir así la vergüenza de permitir que eso sucediese. Al final, todos sabemos que a ese niño, lo mismo que a esas nueve personas que llegaron en el cayuco a Brasil, los matamos nosotros porque Europa no solo asiste impasible a la sangría humana que sufren muchos países africanos, sino que no está interesada en su desarrollo y esto deriva en situaciones extremas como las que han provocado esas muertes. 

Siempre habrá otra orilla: unos llegan, vivos o muertos; otros, apenas la imaginan.

Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

Etiquetas
stats