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Melilla borra las pruebas de la represión al rehabilitar la primera cárcel franquista

Aspecto del fuerte de Victoria Grande tras la restauración / R. Q.

Carlos Hernández

“Melilla es un parque temático del franquismo”. De esta forma tan gráfica definen varios dirigentes políticos y sociales la realidad que se vive en la ciudad autónoma, 40 años después de la muerte del dictador. En sus calles, numerosas de ellas dedicadas a la memoria de militares y civiles fascistas, perduran monumentos que siguen hablando de aquella supuesta España “una, grande y libre”, adornados con águilas, yugos, flechas y otra simbología franquista.

Puesta a liderar esta anacrónica carrera por preservar y ensalzar la dictadura, Melilla (gobernada por el PP) también goza del dudoso honor de albergar la única estatua de Franco que se conserva en una vía publica de España. En contraste con la pasividad con que afronta el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, el Gobierno del PP de la ciudad autónoma ha sido muy eficaz borrando huellas de la represión ejercida durante la dictadura.

La necesaria restauración del fuerte de Victoria Grande ha servido de excusa para acabar con buena parte de los vestigios de la primera cárcel que los franquistas utilizaron para encerrar y torturar a sus oponentes políticos. Un penal de mujeres por el que también pasaron hombres, camino del consejo de guerra o del pelotón de ejecución.

“Es una acción premeditada para borrar las huellas de un lugar que albergó tanto dolor y tanta muerte. Es indignante y un insulto para las víctimas; para quienes estuvieron encerrados y para quienes fueron sacados de allí para ser fusilados”. Las lágrimas asoman en los ojos de Carlota Leret O’Neill mientras mira las fotografías de la recién renovada fortaleza: “Ahora parece una sala de fiestas; lo han destruido todo”.

Era solo una niña cuando el 17 de julio de 1936 su padre, el capitán del Ejército Virgilio Leret trató de defender la legalidad democrática frente a lo que parecía ser el inicio de un golpe de Estado. Antes de que el Gobierno republicano en Madrid tuviera constancia de lo que se le venía encima, en Melilla el capitán Leret yacía en un charco de sangre al pie del paredón convirtiéndose en una de las primeras víctimas de Franco.

La primera cárcel franquista

A esa misma hora, las primeras mujeres vinculadas a partidos y organizaciones republicanas eran arrestadas y encerradas en la prisión ubicada en el fuerte de Victoria Grande. El incipiente nuevo régimen comenzaba a ensayar unas crueles prácticas represivas que después extendería a cada territorio conquistado. “Victoria Grande fue, por tanto, la primera cárcel del franquismo. De ahí que su importancia histórica sea aún mayor”, remarca Carlota Leret. “A mi madre la encerraron unos días después; yo estuve un mes y medio llorando, asomada a la ventana de la casa en que nos alojábamos, mirando la calle por la que me decían que aparecería en cualquier momento; pero no apareció hasta pasados cuatro largos años”.

Su madre, Carlota O'Neill, era una conocida intelectual, feminista, demócrata y escritora; reunía demasiadas cualidades que los militares rebeldes consideraban una seria amenaza para la construcción de su “Nueva España”. Lo que no podían imaginar sus captores, es que Carlota O'Neill aprovecharía sus dotes periodísticas y literarias para, años después, describir con realismo todo el sufrimiento que contempló en ese penal.

Sus memorias, Una mujer en la guerra de España, son la mejor crónica periodística de aquellos interminables días entre los muros de Victoria Grande: “Llegaban viejas, jóvenes, muy jóvenes. Unas lloraban; algunas reían. Entraban otras con rojeces en el alma y en la cara; con la palidez de cadáver después de violadas…. Las jóvenes que atrapaban pertenecían, en su mayoría, a las juventudes sindicales obreras. Los falangistas iban a buscarlas por las noches; sollozos y protestas de padres las hacían más excitantes. Y se las llevaban; las violaban en el campo; caían sobre ellos, uno después de otros, como perros. Unas morían en la brega; a otras las mataban; algunas iban a la cárcel…”

Carlota O'Neill fue testigo del paso de maestros, doctores, concejales y simples trabajadores que pasaron por la cárcel antes de ser fusilados. Según los datos que maneja el historiador local Francisco Narváez, al menos 300 personas fueron asesinadas por los franquistas en Melilla y más de 2.000 hombres y mujeres fueron enviados al cercano campo de concentración de Zeluán para ser empleados como trabajadores esclavos.

“Nunca olvidaré los días que visitaba a mi madre en la cárcel –recuerda Carlota Leret–. Nos apiñábamos decenas de familiares y el tumulto apenas nos permitía hablar con ella. La veíamos a través de una tupida reja que ha permanecido intacta hasta la restauración. Ahora ya no queda nada de esa zona, ni de las celdas de castigo… nada. Salvando todas las distancias, es como si a Auschwitz le hubieran quitado los restos de los crematorios”.

Polémica restauración

El Gobierno de la ciudad autónoma de Melilla promovió la restauración del fuerte con el único objetivo de recuperar el aspecto que tuvo en el siglo XVIII. José Antonio Fernández, el arquitecto responsable del proyecto, asegura a eldiario.es que respeta pero no comparte las críticas que ha suscitado la obra: “No se ha pretendido anular la sensación de cárcel ni esa parte de la Historia. Se han dejado rastros y vestigios de la antigua prisión como el aljibe que suministraba agua a las presas, pero el estado en que se encontraba esa parte era lamentable, estaba en muy malas condiciones. Además el objetivo principal del encargo era recuperar el siglo XVIII porque es un hito histórico muy importante en la historia de la ciudad”.

Las asociaciones memorialistas y algunos partidos de la oposición, sin embargo, ven una intencionalidad política en la actuación del Gobierno popular de la ciudad autónoma. El coordinador general de Izquierda Unida en Melilla, Rosendo Quero, asegura a eldiario.es que “han destruido los restos de la cárcel deliberadamente. Y lo han hecho porque son los hijos y los nietos de quienes ejercieron la represión los que siguen gobernando Melilla en lo público y en lo privado”.

La secretaria general de Podemos en la ciudad autónoma, Gema Aguilar, vincula este tema a la “desmemoria histórica” que sufre Melilla: “Ha habido intentos aislados, por parte de movimientos sociales, para solicitar la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en nuestro territorio, pero el Gobierno de la Ciudad se ha negado”.

Podemos va a solicitar, además, la retirada de la placa instalada en el fuerte y que, supuestamente, homenajea a quienes pasaron por la prisión. En ella puede leerse un texto light y deliberadamente ambiguo, que igual sirve para los liberales que fueron encerrados en Victoria Grande tras la restauración absolutista de 1814, que para las víctimas del franquismo: “Vaya nuestro recuerdo a quienes, perseguidos por sus ideales democráticos, sufrieron tras estos muros la incertidumbre de su destino y las vicisitudes del presidio”.

Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica cree que en este tema, menos que en ninguno, no se puede hablar con eufemismos: “El lenguaje desde las instituciones debe ser contundente y condenatorio, debe estar a la altura de los padecimientos de los hombres y las mujeres que construyeron nuestra primera democracia y que lucharon contra el fascismo”.

“Melilla sigue siendo un cuartel –afirma el historiador local Francisco Narváez– y no solo por la simbología fascista”. Carlota Leret ni siquiera pudo presentar uno de los libros de su madre en el recinto de la fortaleza; el Gobierno de la Ciudad Autónoma se lo prohibió el pasado año. “Lo que más me duele es que la remodelación de Victoria Grande quiere optar al Premio Nacional de Restauración. Es lo que faltaba, que encima les den un premio por lo que han hecho. Yo creo que ha habido incluso un posible delito de expolio de nuestro patrimonio histórico”.

Carlota sabe, no obstante, que nadie podrá borrar del todo las huellas de la primera cárcel del franquismo. No podrá hacerlo porque su madre consiguió con sus escritos inmortalizar el horror, la muerte y el sufrimiento que inundó las húmedas celdas de la fortaleza.

En aquellos muros también escribió la obra poética La romanza de las rejas, que concluía con unos elocuentes versos en los que relataba su liberación: “Alegría, no será alegría dentro de mi corazón. Dejo entre las rejas, mujeres. Más mujeres. Muchas mujeres con carga de condenas de años y años en las montañas de papel de sus expedientes, cayendo sobre sus espaldas. Abrumándoselas. Mi libertad, no será libertad. Dejaré esta cárcel oscura, apesadumbrada de piedras macizas, negras, rezumantes de humedad (…). Dejaré esta cárcel de museo y pasaré a otra cárcel. Cárcel con dimensiones, contornos, de todo un país. De todo un pueblo”.

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